miércoles, enero 17, 2007

LA HABANA SUBTERRANEA I : ESTA ES LA MUSICA CUBANA

Viene de:
La Habana subterránea

Julio de 2005.

En la Casa de la Música de Miramar

"Estamo en Miramal", dijo el hombre del taxi. "¿Cuánto es?", le preguntamos. "Son quince chavo", dijo el hombre, serio, hasta con un poco de desprecio. Quince chavos son como quince euros. "Que caro", dijo Juancho. Pagamos y nos bajamos.

Una multitud ya se agrupaba frente a un lugar llamado "La Casa de la Música", donde esa noche se presentaba la orquesta "Manolito Simonet y su trabuco". Juancho perdió la noción de todo, hasta el empute por el tumbe del taxi, cuando, al acercarnos a la entrada, una tras otra se nos acercaban unas hermosas mujeres que nos invitaban a invitarlas. "Mire eso, que lindas las cubanas", me decía una y otra vez Juancho. "Esta noche coronamos", dijo, feliz, e impulsado por su desaforado gusto por las mujeres pagó sin chistar los veinte pesos de la entrada.

Yo observaba todo desde la lejanía que me imponía la frustración de no estar esa noche con Aline y, en cambio, estar esa noche con Juancho, que en asuntos de mujeres se ponía pesado. "Por lo menos podré escuchar a Manolito Simonet", pensaba. En esos momentos en La Habana estaba sonando mucho la canción "En la Habana hay una pila de locos". A mi me encantaba ésta otra canción de Manolito, que resumía, y resume, la impresión que tengo de lo mejor de Cuba: su música. Escúchenla, verán como éste delicioso ritmo los pone a bailar.


LLEGÓ LA MUSICA CUBANA
MANOLITO SIMONET Y SU TRABUCO


Entramos. Mujeres por todo lado, hermosas cubanas con diminutos y ajustados vestidos. Rubias, morenas, trigueñas, se movían con una cadencia que ya había empezado a reconocer apenas salimos de la aduana del aeropuerto y vimos la sala de espera llena de gente. Las cubanas caminan con la elegancia de las gacelas, con una sensualidad natural que llevan en la sangre.

Juancho estaba enloquecido. "Mire, mire, que cosa mas hermosa", me dijo. "Que lindas, de verdad", dije. "Esta noche yo invito el mejor ron cubano", dijo Juancho. "Ya era hora", le dije, pero no me escucho pues salió disparado a comprar una botella de Habana Club. Juancho llegó pronto y un mesero nos llevó a una mesa, muy cerca del escenario. Poco después teníamos una bella botella morena de Habana Club siete años y sendos mojitos sobre la mesa. Juancho, feliz y exaltado, observaba a las cubanas que iban y venían. "Hay muchas viejas solas", dijo, sonriente. Los ojos le brillaban. Yo sabía que tenía que esperar a que Juancho consiguiera su compañia para preocuparme de la mía, aunque en aquellos momentos sólo pensaba en que, en vez de Juancho, allí debía estar Aline. "Por esta noche de rumba", dijo Juancho. "Por este viaje", dije yo, y brindamos.


LIMINAR


La llegada a La Habana


Después de tres horas de vuelo el avión de Cubana de Aviación aterrizó en el Aeropuerto José Martí. Mi amigo Juancho, condescendiente con mi frustación de que haya sido él quien me estuviera acompañando a mi primer viaje a Cuba y no mi querida Aline, por quien mi corazón aún sentía dolores, me invitó sendos tragos que me dejaron bastante mareado y contento a pesar de la tristeza.

En el aeropuerto nos recibió un olor que me pareció el aroma del tabaco. Olor presente en muchas calles, casas y pasajes de La Habana. Despues de la acostumbrada raqueteada en la aduna cubana salimos a la sala de espera donde mucha gente nos miraba. De inmediato se acercaron a ofrecernos transporte y toda clase de servicios, en un adelanto de una de las cosas mas frecuentes, y hasta pesadas, de La Habana: el acoso y asedio de la gente que te ofrece de todo, restaurantes, tabaco, hoteles, viajes, taxis, mujeres, etc.

Había planeado hacer ese viaje con Aline, con quien viví una bella historia de amor durante los últimos meses que pasé en Europa estudiando y trabajando. Tenía la ilusión de que aquellos dias volvieran con éste viaje a la querida isla donde ella había vivido algun tiempo, y que tanto quería, y que yo deseaba conocer desde hacía mucho tiempo.

PRELIMINAR

Mayo de 2005.
Después de no saber nada de ella, una noche recibí un correo electrónico de Aline. Quería verme de nuevo. Ya había dejando atrás la tormentosa despedida que, gracias a mis celos y a un colombiano hijueputa, casi me vuelven loco en Amsterdam. Aline estaba en México, en Chiapas, trabajando con una ONG, emocionada por estar en la tierra donde se inició el Movimiento Zapatista. Le escribí, feliz por su mensaje. Minutos después recibí una llamada. Era ella.

La voz de Aline me trajo la esperanza de que el torvo Amor me daría otra oportunidad.

El cruel Amor que trajo a mi vida dolor, desespero, angustia, agobio, algo de felicidad, un poco de alegría, belleza, ilusión y decepción, amargura, muchas lágrimas porque soy un llorón, rabia, odio, rencor, desprecio, desesperanza, infelicidad, el demonio de los celos y unos cuernos que por una u otra razón me acompañan cada vez que me enamoro. Por eso ahora de amor nada, entendí que cada uno tiene un camino diferente, si a algunos las mieles del amor los llevan a sublimar lo mejor de la vida en esa arcadia denominada "amor verdadero", a otros los tormentos del Amor nos llevan por el camino alterno: el amor fugaz y su expresión contemporánea, el sexo desmedido.

A Aline la conocí en el concierto que el grupo Los Van Van ofreció en Bogotá, en el Club de la Policía, en el año 1999. El asesinato de Jaime Garzón y la muerte de mi madre, ocurridos en agosto de ese año, habían hecho que perdiera la fe en Colombia y su gente, caí en una crisis y una depresión que me llevaron a dejar mi trabajo y alejarme de todo y de todos. (A propósito: ¿que dirá Mancuso de la muerte de Jaime Garzón?... ahhh general Mora... militar narco paraco, cobarde asesino, estarás asustado de que te nombren?... hasta al mismo Uribe le dará un poco de culillo pero... al fin no pasará nada, la sociedad colombiana está jodida hasta el alma). Ahora lo vamos viendo, no era la guerrilla la que se estaba apoderando de Colombia en aquellos años, eran otros peores: la élite narco paraca de políticos, militares, industriales, familias de apellido ilustre dueños de medios de comunicación, empresas, bancos, etc, y demás criminales que ahora gobiernan éste país y se pasean orondos en sus narco automóviles, salen en televisión, se comen a las actrices y actores famosos de turno y nos tienen jodidos con la cultura decadente que promueven.

"A mí que me importa ésta mierda de país", fue la actitud que asumí en aquellos días, y me alegraba de cuanta cagada le pasaba a esa "gente de bien". Ese resentimiento fue alimentado por la noticia que recibí por entonces: mi amada Carolina estaba embarazada de un hijueputa que trabajaba con ella, un culicagado altanero que al final no sirvió para nada. Recuerdo que en el desespero fui a donde ella vivía y le escribí justo frente a la salida de su edificio éste grafiti: "Carolina, amor venenoso, cuánta mierda trajiste a mi vida."

Iba al trabajo cargado de odio y resentimiento. De puro hijueputa me propuse trabajar más para joderles al vida a los otros ingenieros, a quienes consideraba unos imbéciles. También me propuse empezar a seducir a todas las viejas que trabajaban en la empresa, desde la secretaria hasta a la ingeniera jefe, que se creía la reina, se la comía el dueño y era toda una hija de puta.

Viví dias oscuros cargado de veneno. Empecé a ejecutar mis oscuras intenciones con los resultados esperados. La ingeniera jefe me felicitaba mientras mis compañeros me decían "lambón hijueputa". No me importaba. Escogí a la mas venenosa de mis compañeras para mis perversas intenciones sexuales, una chica super trepadora, de minifalda y media teta al aire, que le encantaba la buena vida y no tenía el mas mínimo escrúpulo. Las cosas resultaron mejor de lo esperado. La mujer cayó a la primera cita, o como me dijeron después, yo fui el que caí, según ella se vanagloriaba, pues hasta ese momento yo era de los pocos ingenieros que no había caído en el circuito lujurioso de la empresa. Circuito en el que todos tiraban con todos y luego se clavaban el cuchillo. A mi no me importaba lo que pensaran los demás. ¿Porque será que cuando uno es un hijueputa las cosas salen bien? Habrá que preguntarle al presidente Uribe, narco político, criminal y corrupto, que tan bien le va.

Unas semanas después decidí tomar el álbum de fotos y volver a ver a mi madre en los mejores momentos de su vida. Allí estaba ella, mas joven, con su pinta hippie de principios de los setenta, algunas veces seria, otras sonriente, siempre pensando en mí mas que en ella. ¿Y mi viejo?.Ya llegará la hora de hablar de él.

Lleno de odio y rencor intenté limpiar mi corazón recordando las cosas buenas que me habia dado la vida. Pensaba: "Si mi madre me viera así me diría que le diera gracias a dios por lo que tengo". Mi madre fue conmigo una santa, la mejor persona del mundo que me dio todo, todo, todo lo que quise y todo lo que ella pudo darme sin interés alguno, me dio la vida y me dió su vida y muchas cosas más que algunas veces ni le agradecí y que otras hasta rechacé y aborrecí.

"Piensa en las cosas buenas que te da la vida", me repetía cada mañana estas palabras de mi madre, al ir al trabajo, intentando seguir su ejemplo. Visitaba a mi abuela y mis tías que todo el tiempo me recordaban lo mejor de ella. Pero luego, también cada mañana, me volvía el empute. "País mediocre lleno de asesinos e hijos de puta", pensaba cuando escuchaba la radio. "Periodistas hijueputas que saben quién mató a Jaime Garzón, cómplices de mierda", pensaba cada vez que escuchaba a Yamid Amat. "Médicos de mierda que sólo piensan en la plata", pensaba cada vez que pasaba frente a la clínica donde murió, o mejor, dejaron morir a mi madre.

En esos días de rabia contra el mundo por fín se presentaron Los Van Van en Bogotá. Su música trajo algo de calma y esperanza y gracias a ellos me aferré para siempre a los dioses yoruba. Fue un viernes. Invité a una compañera, Sandrita, una ingeniera ambiciosa y trepadora que me echaba los perros porque yo era el duro de mi departamento. Nada mas por eso. En mi maldadoso pensar de aquellos días llegué a elucubrar: "Sandrita me echa los perros, no esta mal y se ve hasta buena cuando viene de minifalda, además tiene senos bonitos... la emborracho, le echo el cuento y esa noche corono".

Desde luego Sandrita no tenía ni idea de Los Van Van y su música, pero le gustaba la salsa. Fuímos con dos colegas, también ingenieros, a quienes les habían regalado las entradas, uno de ellos era Juancho, uno de mis grandes amigos. "Que emoción tener a Los Van Van en Bogotá" pensaba, nervioso, alegre y exaltado, mientras esperábamos. Había una gente extraña, salseros consumados, una fauna diferente, lo que me llamó la atención. Antes del concierto, mientras cantaba Cesar Mora, los miembros del grupo estuvieron por ahí. Le pedí el autógrafo al Mayito, el cantante, que saludaba a la gente muy sonriente.

Poco después empezó el concierto con ésta canción:

PERMISO QUE LLEGO VAN VAN

LOS VAN VAN

Impresionante el sonido de Los Van Van. Caí en la brujería de su música de inmediato y a mi alrededor todos se movían como poseídos. "Que música compadre", me dijo Juancho, sorprendido ante tremenda melodía.

En el centro de la pista había un grupo de gente que bailaba diferente. Pude reconocer su estilo: a lo cubano. Bailaban casino, baile cubano maravilloso e insuperable. Y en medio del grupo había una hermosa rubita que se movía sintiendo cada nota musical en todo su cuerpo. "Uau, ¿que es eso?", pensé, embrujado por la música de Los Van Van e hipnotizado por ella.

Yo tenía algunas nociones de casino, por alunos videos y sobre todo por una temporada que pasé en Cali y Buenaventura, conociendo los secretos de la salsa y el baile. La rubia estaba asediada por dos enormes morenos, que se movían tan bien como ella. Ni corto ni perezoso me metí al grupo, moviendo el cuerpo y bailé con ella.

Ella era Aline, una chica hipano-holandesa que estaba en Colombia trabajando con una ONG. Había vivido en Cuba y por eso bailaba tan bien. Bailamos y conversamos durante casi todo el concierto. Tremenda rumba. Recuerdo ese concierto como si fuera un ritual afrocubano de limpieza y purificación, como un ritual de santería que me trajo calma e iluminación. Bailé durante todo el concierto sin parar y una sensación de embriaguez tan poderosa, que sólo he sentido con la música de Los Van Van, llenó mi espíritu hasta sacar de él todo el veneno acumulado. "Tengo que ir a Cuba algún día", grabé esa frase en la memoria.

Al final del concierto, gracias a los dioses yoruba que inspiraban esa música tan poderosa, ya sabía lo que quería hacer con mi vida para sacar esos demonios que me causaban tanto dolor y no me dejaban vivir. Todos nos divertimos como nunca, fue una noche de gran alegría.

Esa noche fue Juancho quien tuvo la suerte de experimentar los intensos amores de Sandrita, que necesitada estaba de amor pues ya llevaba casi un año sin novio. Por alguna razón esa noche todo el rencor que sentía dentro de mí empezó a diluírse en una sensación de alegría, tranquilidad y esperanza.

Un mes después dejé mi trabajo y me fuí a viajar con Aline. Nos fuimos a San Agustín, allí, en ese lugar tan lleno de energía, pasamos bellos momentos. Ella continuó el viaje, iba para la zona de distensión donde se realizaban los fracasados diálogos de paz con la guerrilla de las farc. Había viajado mucho por Colombia y ya me hablaba con horror de la paramilitarización de Colombia.

Yo me quedé allí, en San Agustín, donde conocí dos viajeros que me animaron a recorrer Suramérica. Emprendí un viaje que al final duró casi dos años.

En el 2003 volví a encontrarme con Aline, ésta vez en Holanda. Vivimos juntos casi un año hasta que se atravezó en mi camino otro colombiano, otro culicagado hijueputa, altanero, que revivió dentro de mí el demonio de los celos. Llegaba el momento de separarnos, yo debía regresar a Colombia y ella quería irse a México. Gracias al colombiano hijo de puta (ya sabemos el viejo lema que repiten muchos colombianos en el exterior: colombiano jode a colombiano) lo peor de mí volvió a salir a flote y Aline decidió alejarme de su vida.

Entonces en mayo del 2005 la vida parecía sonreirme. Decidí invitarla a Cuba, donde sería nuestro reencuentro. Compré los pasajes de avión, pagué la reservación en el hotel y tenía todo listo. "Que alegría tan grande", le decía a Juancho, quien paciente escuchaba los pormenores del viaje que estaba preparando. "La voy a llevar de viaje por toda la isla, la voy a llevar hasta la Sierra Maestra, donde estuvo el Che", le decía. Había averiguado que viajar por Cuba era bastante seguro, se podía alquilar un buen auto y recorrer la isla sin problemas. "Mire estas playas", le enseñaba a Juancho fotos de los cayos del norte, donde me imaginaba con Aline, haciendo el amor en el mar.

Pero está escrito: el Amor no me favorece. Una semana antes del viaje Aline me llamó y me dijo que no podía viajar. Así, nada mas. Cuestiones de trabajo, algo muy importante para ella. Las europeas son radicales, ningún ruego surtió efecto.

El mundo se me vino encima. Que frustación tan grande, cuando mejor quería hacer las cosas todo se viene abajo. "¿Y ahora que hago hermano?. Con todo listo para la nenita y mire lo que pasa. Puta mierda". Juancho me propuso una solución: que lo invitara a él. Con frases como: "Nos vamos de rumba a Cuba", "nos levantamos un par de nenitas y se olvida de esa vieja", "con lo buenas que están las cubanas", "un clavo saca a otro clavo, o mejor, una clavada saca a otra clavada", etc, logró convencerme. La plata no me la devolvían, así que decidí seguir su consejo. Al final no lo invité a todo, pero nos fuimos a La Habana por ocho días.

Y allí estábamos, la primera noche en Cuba, en La Casa de la Música de Miramar. Las cubanas que andaban por ahí no se sentaban, seguro buscaban marrano. Eso sí, pasaban y echaban los perros. "Mire eso, que cosa mas hermosa", decía Juancho cuando alguna chica pasaba por ahí. Mientras esperábamos fui al baño, cuando regresé a la mesa Juancho ya tenía una hermosa morena sentada a su lado. Hay que reconocer que las cubanas tienen una forma de hablar muy encantadora. "Oye, tu no quiere que te traiga a mi amiga, mira allí, esa chiquita te quiere conocel", dijo la mulata. "No, no, así estoy bien", le dije.

La sala se iba llenando de gente. En la mesa de al lado se sentó una pareja y una chica, delgada, de piel cobriza y cabello liso. Llevaba una minifalda y una pequeña blusa que dejaba al descubierto su ombligo. Cuando se fue a sentar pude ver un tatuaje que tenía en la parte baja de la espalda, justo donde empezaba la falda. Los tatuajes me vuelven loco. Juancho y la morena conversaban y reían. Tomé un trago de mojito, que rico el mojito con Habana Club. Una leve sensación de alegría, un leve entusiasmo recorrió mi cuerpo. Empecé a sonreír. Observaba con insistencia a la mesa de al lado, intentando cruzar miradas con la chica del tatuaje. Ella conversaba con la pareja que estaba sentada a su lado. El concierto estaba a punto de empezar. No se de qué hablaban Juancho y la mulata pero de repente la mujer solto una carcajada e hizo sonar las palmas, un ademán que hacen las cubanas cuando algo les parece gracioso. La chica del tatuaje miró hacia nuestra mesa. Yo estaba listo, mi mirada esperaba la suya: le sonreí. Ella me devolvió la sonrisa. Alegría, alegría. La noche empezaba a componerse.

Se apagaron las luces y salió el animador al escenario. Poco después la orquesta de "Manolito Simonet y su trabuco" empezó a tocar. Jamás me imaginé en ese momento que este viaje no iba a durar una semana, sino casi un mes. Sonó la música cubana y empezó la rumba.

Continúa aquí:
El ritmo de La Habana