jueves, junio 08, 2006

NO SOY PUTA, SOY UNA ESCORT PROFESIONAL

Juernes. 


Los mexicanos, que llevaban una semana por acá en Bogotá, querían salir de rumba. Hay que ser amable con los extranjeros y las extranjeras en Bogotá.

La verdad, se habían ido de juerga todos los días, con Castillo y Pinzón, los dos manes con los que yo estaba trabajando temporalmente. Como estaba aún novato, enterándome de la dinámica de mi nuevo trabajo, no había tenido tiempo de conocer a los mexicanos. A mis dos compañeros sí, un poco. Sólo iba a estar con ellos un mes, mientras me adaptaba al medio, y luego viajaría.


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También forman parte de la Bogotá subterránea


Castillo, un man de Barranquilla, era el que hacía de jefe. Es decir, no hacía nada, sólo dar órdenes, y era un idiota. Pero eso sí, tenía un ambiente, siempre andaba cagado de la risa y haciendo bromas... menos cuando corría el riesgo de perder plata, que se emputaba como un demonio. Pinzón era el que trabajaba en esa oficina, el hombre todo el día de un lado a otro, manteniendo a flote el negocio. Pinzón no era de tan buena familia y por eso todo le costaba el doble de trabajo. Castillo, en cambio, era amigo de hijos de ministros, de gente de la farándula, de empresarios e industriales, de todo el mundo. Si se necesitaba a alguna de las presentadoras de televisión famosas para una publicidad, él las conseguía, al instante, con una llamada telefónica. Todo lo conseguía con una llamada y una invitación a almorzar. Pinzón no, el man sabía de su trabajo, pero se agüevaba cuando no debía hacerlo y la cagaba.

Castillo, como buen costeño, no hallaba hueco donde meterla. 

Se comía a todas las nenas que se asomaban por ahí, a todas les echaba los perros y con casi todas tenía éxito. Se estaba comiendo a la secretaria, una chica jovencita, con un cuerpazo, interesadísima, una trepadora. El man se la comió un tiempo y luego la despidió porque la mujer estaba cogiendo mucha confianza.

"Vamos a salir con los mexicanos, ¿se anima?". Era jueves, un pequeño viernes, jueves de juerga: juernes. Cómo me gusta la rumba de los jueves, día en que sale a las calles la gente que de verdad quiere y ama la movida rumbera... ese día mientras iba al trabajo y escuchaba una canción pensaba que era un buen día para salir de rumba. De rumba corrida por Bogotá. "Bien, me apunto".

Fuimos a comer a la 93. 

Buena comida, buen trago. Invitamos a los mexicanos, dos manes simpatiquísimos, que iban con una chica que trabajaba como productora en la televisión de México. Castillo, también como buen costeño, se hizo el loco a la hora de pagar la cuenta. Cuando el mesero se acercaba el hombre se puso de pie a hablar por el celular y le sacó el culo a la cuenta. En fin... pagamos Pinzón y yo.

"Y bueno, ¿a donde vamos?". La mujer le dijo algo a uno de los mexicanos, llamado César. El hombre sonrió, se puso de pie y le dijo algo a Castillo. Al final nos metimos en tres taxis y cogimos rumbo.

Llegamos. El sitio estaba lleno, no había mesa. Muchos manes de pie, encorbatados, con cara de empleados en noche de desfogue, con cara de jodidos pero con la mirada iluminada, de asombro y expectativa. Estaban al lado de la pista, a la espera de ser sacados por los orangutanes de seguridad. Como en cualquier lugar del mundo, sólo te respetan si tienes plata. Rafa, el otro mexicano, le puso un billete de diez dólares a uno de los meseros, que de inmediato nos llevó a una mesa ya preparada.

Mujeres, sólo mujeres, bellas, delicadas, algunas arrogantes, otras simpatiquísimas. 

Todas hermosas. Cuando nos trajeron las botellas de whisky empezaron a mirar con extrema simpatía. La mujer que nos acompañaba, Cristina, miraba con curiosidad. Tenía gran interés en ir a un club de lujo en Bogotá, a un putiadero de alto nivel. Estaba asombrada con la belleza de las niñas.

Senté a una a mi lado, me encantaba, acuerpada, con un rostro un poco oriental, una muñeca. Parecía interesante, estudiaba cine. "No soy una puta, soy una escort profesional, y algún día voy a hacer una película sobre mi vida", me dijo. "¿Una película?... ¡¡¡uau!!!... espero que me saques a mí como uno de tus clientes mas inolvidables", le dije. No le causó gracia. La mujer se devoraba con los ojos a Rafa, un macho mexicano puro, de los que piensan que a las mujeres les gustan ser golpeadas en la nalga cuando hacen el amor. Con el acento mexicano embrujó a mi acompañante, que se reía de todo lo que él decía. En realidad, en Bogotá, cualquier pobre diablo con acento extranjero embruja a las bogotanas, qué le vamos a hacer, y si es argentino es mucho peor... ya reza el viejo dicho: perdedor argentino en Argentina = triunfador en Colombia. Para la muestra los argentinos que trabajan en la televisión colombiana o los que vienen a jugar fútbol.

Estábamos en la "Fourty nine"por la carrera 13 con calle 49 de Bogotá.

Lugar de relajo y de pernicia, de noches faraónicas y descabelladas, lugar donde el lujo y lo ordinario conviven en feliz armonía. "No soy una puta, soy una escort profesional, y algún día voy a hacer una película sobre mi vida", le dijo de nuevo a Rafa, mientras sonaba ésta canción que reconocí fácilmente, porque era la misma que escuchaba esa mañana mientras me dirigía al trabajo y que me motivó a salir de juernes de rumba.


CHAMBAO

FLAMENCO CHILL OUT


Y esa noche nos pegamos una gran rumba. Les dejo la canción, para que se preparen para un fin de semana de desfogue en la Bogotá subterránea mas intensa.

(Continúa en: Dulce)